miércoles, 26 de agosto de 2009

POPULISMO Y POBREZA

Las declaraciones de dignatarios de la Iglesia Católica dando a conocer un estudio realizado por la Universidad Católica Argentina, en el que se verifica que la pobreza en nuestro país llega al cuarenta por ciento de la población, han producido un fuerte impacto en la opinión pública y en las filas del oficialismo.
Monseñor Casaretto, uno de los obispos más reconocidos y prestigiados de la Iglesia, es quien ha explicado las modalidades del estudio realizado. Palabras más, palabras menos, para Casaretto, la pobreza en la nación es “escandalosa” no porque sea éste el único país donde se manifiesta, sino porque, atendiendo a las riquezas naturales de la Argentina, la producción de alimentos y a la calidad de sus recursos humanos, no puede justificarse que existan estos índices. “Por eso es escandalosa -concluye Casaretto-, porque somos un país rico y esta pobreza entonces obedece a políticas equivocadas”.
Al principio, el gobierno nacional intentó relativizar esta información atribuyéndola a maniobras e intrigas de sectores conservadores de la Iglesia que -según ellos- representan el privilegio y los intereses de la oligarquía.
Cuando los hechos demostraron que ese atajo argumental pecaba de infantil, cambiaron de actitud y dijeron que la pobreza es un problema de todos los países y que ellos están empeñados en combatirla. Estas posiciones se reforzaron con discursos de la presidente prometiendo conformar un censo de ricos, una manera -si se quiere, grosera- de atribuir a los supuestos ricos la responsabilidad por el porcentaje de pobres luego de seis años de gobierno kirchnerista.
A decir verdad, la situación de los Kirchner es incómoda porque, de acuerdo con sus discursos antiimperialistas y antioligárquicos, es una “ironía de las cosas” que una de las consecuencias de la explotación, la pobreza, haya crecido durante su gestión.
En general, a los líderes populistas lo que más les fastidia es que los “corran por izquierda” o que les demuestren sus inconsecuencias prácticas con los discursos que ellos mismos frecuentan. En este sentido, no deja de ser una ironía del destino que el gobierno, que justifica cada uno de sus actos invocando la defensa de los pobres, se encuentre con los datos irrefutables que indican que sus políticas han generado un incontrastable aumento de la pobreza, pese al hecho indiscutible de haber crecido casi un lustro a tasas orientales.
De aquí en adelante es probable que desconozcan las cifras o las atribuyan a las inclemencias de la naturaleza, la crisis mundial o a las perversas maniobras de la oposición. No obstante, está claro que la retórica no logrará eludir el duro veredicto de la historia. Una vez más, son los hechos los que demuestran que las políticas populistas más que erradicar la pobreza la multiplican; no sólo porque son estructuralmente inconsistentes e ineficientes, sino porque, de alguna manera, la base de maniobra de los populistas son esos contingentes de pobres controlados por los planes sociales y la manipulación política.

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